Dejo la Iglesia mexicana
28 Agosto, 2010por Patrick Signoret
En una misa en Querétaro el sacerdote nos habló de la Segunda Guerra Mundial. Entre otras cosas sugirió fuertemente que fue culpa de los protestantes, pues fueron los que votaron por Hitler. También dijo que los americanos, “por chismosos”, perdieron cientos de miles de vidas. Otro día, durante la misa en un pueblo, escuché al padre hablar a todos como niños chiquitos. Rara vez en México he escuchado homilías bien preparadas, pensadas y vinculadas a las lecturas. La homilía en el pueblo no fue la excepción, pero además me llamó la atención que el tema principal era la importancia de hacer como Jesús: aceptar y cargar nuestra cruz. Ese es el mensaje principal que escuchan los pobres y marginados del país. Hace tres meses, dos jóvenes ingresaron a un seminario. Salieron infelices, entre otras razones porque los seminaristas de familias pobres eran discriminados, y su papel era servir a los seminaristas de familias ricas.
Éstas son algunas anécdotas que ilustran por qué me he desilusionado cada vez más con la Iglesia. Hace muchos años que la considero intolerante, discriminatoria y retrógrada. Por supuesto, tiene partes positivas: en todo el mundo combate a la pobreza extrema, provee consuelo a las personas, y durante dos milenios ha transmitido un mensaje en el que creo: el de Cristo, el de amar al prójimo, el de la igualdad, el del perdón, el de la tolerancia. Y los problemas que percibo son problemas de la Iglesia en todo el mundo. Pero con la Iglesia mexicana en específico, he perdido toda la esperanza. Ni pienso que mi grano de arena la reformará, ni pienso que en balance hace más bien que mal al país.
Los hechos de los últimos días fueron las gotas que derramaron el vaso. Hace dos semanas la Suprema Corte sostuvo las leyes aprobadas en el DF que les dan los mismos derechos a los homosexuales que a los heterosexuales en materia de matrimonio y adopción, y además obligó a los otros estados a reconocer estos matrimonios y adopciones (aunque no se hayan llevado a cabo en esos estados). Estas leyes me hacen orgulloso no sólo porque es lo moralmente correcto, sino porque (una parte de) México es parte de la vanguardia mundial en este tema. La Iglesia reaccionó de manera diferente. Las siguientes declaraciones son de la Arquidiócesis y del Cardenal Juan Sandoval: que los matrimonios homosexuales son inmorales, que Marcelo Ebrard es fascista, que el gobierno del DF es intolerante, y que los mexicanos con valores no deben votar por el PRD. Además, que hay una conspiración entre capitalistas y el PRD, que pagaron a los magistrados corruptos de la SCJN. Finalmente, que con estas medidas el gobierno del DF ha hecho más daño que los narcotraficantes.
La afirmación sobre el narcotráfico es extremadamente grave. La Iglesia mexicana tiene una posición importantísima en la sociedad, y tiene la oportunidad y responsabilidad de hacer su parte por la lucha contra la delincuencia organizada y la cultura de la ilegalidad. No sólo no lo está haciendo, sino que quiere que la promoción de los derechos individuales por parte del gobierno del DF sea considerado un problema peor que el de los narcos. La Iglesia no sólo está inerte; está empeorando el problema.
Un día mi madre me explicó por qué ella se considera católica: porque la Iglesia no es la jerarquía ni su discurso oficial. La Iglesia somos nosotros. Viví unos años en una parte católica liberal de Estados Unidos. Las homilías eran inteligentes y tenían relación con las lecturas; los padres eran educados. Me gustaba ir a misa. Porque sé que hay corrientes católicas en el mundo que son más cercanas a mis valores y creencias, y porque también creo que la Iglesia no es Norberto Rivera, sino que la Iglesia somos nosotros, me sigo considerando católico. Pero desde hoy ya no estoy en la Iglesia católica mexicana.
